Escribir para disfrute de los demás es una experiencia llena de altibajos.

Cuando la obra es muy grande, el autor duda de si será capaz de llevar a buen puerto aquella historia, aquellos personajes que ha ido concibiendo, modelando y creando desde la nada de su soledad y el todo de su imaginación.

Escribe para sí mismo, sí, pero en todo autor perviven, más o menos ocultas tras la vergüenza y el pudor, unas dosis de exhibicionismo combinado con la vanidad de ver su obra terminada. Aquello, bueno regular o malo, es fruto de su imaginación, de su constancia, de horas de lectura y estudio, de trabajo arduo, de poner y quitar párrafos, releer lo escrito y volverlo a leer, pulirlo y volverlo a leer… es fruto de su propio ser, dejando entrever, muchas veces, fragmentos de su intimidad y de sus sentimientos. Todo está allí, creado, modelado y pulido para que alguien lo pueda disfrutar pero…

¿Cómo hacer para que aquel montón de párrafos, aquel taco de folios se transforme en un libro?

El autor quiere ver su obra negro sobre blanco. Es indescriptible lo que supone abrir la primera caja entregada por PRINTHAUS y sacar, despacio, saboreando el momento, el primer ejemplar de tu obra. ¡Allí está! Es tu libro… recorres la cubierta con la yema de los dedos casi sin tocarla, acariciándola para no estropearla. Inhalas el aroma a papel y cola, olor a libro nuevo… tu libro nuevo. Y no te lo crees.

Lees y relees el título tantas veces escrito, cambiado, y vuelto a escribir… tal vez si… pero no, así está bien. Está perfecto.

Junto o bajo él o sobre él… buscas con oculto orgullo las letras tantas veces agrupadas desde la infancia… tu nombre certifica que sí, que eres el padre/madre de aquella obra. Por fin te atreves a mirar dentro del tomo y, poco a poco, lo abres para encontrarte con la vergüenza de una foto que saludará a todos los lectores que se hayan acercado hasta ahí. Bajo ella tu biografía. Incompleta, fácil, sin la pátina personal de la que has intentado impregnar cada rincón de tus historias y personajes.

Pero aquel que leerán los curiosos, también eres tú. Un yo en resumen.

Ojeas las hojas, aspirando su olor, observas la letra, los espacios y, de reojo, descubres espiándote desde unos de los párrafos, a tu protagonista… y sonríes. Allí está, esperando a ser descubierto por los lectores para hacerles vivir y disfrutar como lo hizo contigo mientras era creado de la nada en tu imaginación en el fondo de una idea que, a lo largo del tiempo, se convirtió en historia. No hay nada comparable a tener entre tus manos el primer ejemplar en papel. Lo cierras con cuidado y quizá repasas el personaje más querido, cuando cierras los ojos y vuelves a acariciar las hojas.

¡Ahora deben llegar a la imaginación de otros, para poder ser vividos!

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