Cuando los personajes atrapan al autor

Me enamoré ciertamente.

Cuando creé a Juba, me enamoré de ella.

La imaginé como una mujer, heroína de mis relatos sin quererlo, misteriosa o tal vez demasiado compleja para su tiempo, inteligente rayando la soberbia de quien sabe que lo es. Bondadosa y desprendida con quien necesita de su sabiduría y ayuda, a la vez que dura e incluso cruel con el perverso.

 

La imaginé y la describí en su tiempo y en su contexto pero, como no podía ser de otra forma tratándose de ella,  Juba tomó las riendas de su vida. Eso me cautivó definitivamente, y le dejé la libertad que no suelo conceder a mis otros personajes. Le permití correr libre por los bosques que rodean Basabe. Le consentí  ciertas licencias, sutilmente vanidosas, fruto de su inteligencia no reprimida, como sería conveniente en aquella época, y de su personalidad arrolladora, incontenible. No pude sino que admirar cómo resolvía sus conflictos llegando a poner su vida en peligro, aun cuando en la novela no podía morir.

Capaz, a partes iguales, de amar apasionadamente y de entregarse sin límites, y de ser fuerte y despiadada con sus enemigos.

Tan misteriosa que muchos lectores han llegado a dudar de la realidad de este personaje que es capaz de aparecer y desaparecer de la escena sin hacer mucho ruido, pero dejando siempre una huella profunda con su sola presencia o pronunciando contadas palabras, muchas veces demoledoras.

Creada a partir de muchas imágenes y personalidades diferentes Juba será siempre un personaje de ficción que solo existió en mi imaginación, y ahora comparto con vosotros al describirla y darle vida en “Heredero Mío

 

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